Fragmentos de sus obras donde nombra la caza
- La caza es un esparcimiento fundamentalmente dinámico. El morral hay que sudarlo. La cacería se monta sobre madrugones inclementes, ásperas caminatas, comidas frías en una naturaleza inhóspita, lluvias y escarchas despiadadas… Pero hay algo que compensa al cazador de tantas contrariedades. […] Una pieza en perspectiva basta para que toda molestia se disipe y se produzca en el cazador una profunda remoción psíquica. […] la caza, más que una afición, es una pasión. […]
La caza es un placer de ida y vuelta. Durante seis días de la semana el hombre se carga de razones para abandonar por unas horas los convencionalismos sociales, la rutina cotidiana, lo previsible. Al séptimo día, se satura de oxígeno y libertad, se enfrenta con lo imprevisto, experimenta la ilusión de crear su propia suerte… pero al mismo tiempo se fatiga, sufre de sed, de hambre o de frío… En una palabra, se carga de razones para abandonar su experiencia de primitivismo y regresar a su sede urbana, a su domesticidad confortable. El método es tan bueno como otro cualquiera para sobrellevar la vida; o, quizá, mejor que otro cualquiera.
Delibes, hombre metódico hasta límites insospechados, ha tenido el humor y la paciencia, a lo largo de medio siglo, de anotar en unas pequeñas libretas, con letra primorosa, todas sus excursiones de caza, y en ellas no hay datos anteriores a 1949, seguramente porque las salidas fueron excepcionales. Algo tendrían que ver también en ello la absorbente preparación de las oposiciones a catedrático de Derecho Mercantil, su prolongado noviazgo con Ángeles, su boda y la llegada de los primeros hijos.
De nuevo los apuntes inéditos de las libretas, pero también, indirectamente, el testimonio de Lorenzo, el protagonista de Diario de un cazador (pues, como alguna vez se ha dicho, se trata de un álter ego rebajado del propio Delibes), revelan que la afición cinegética había regresado a su querencia en la década siguiente. Desde entonces los escritos sobre caza y pesca, estos últimos mucho más esporádicos, no han dejado de fluir naturalmente de su pluma hasta formar esta importante gavilla de páginas […] que reúne nada menos que ocho libros y dos trabajos menores aparecidos entre 1963 y 1996. […] Unas obras que analizan el fenómeno de la caza desde ópticas distintas -de la motivación del acto cinegético a las normativas que regulan su práctica, y del análisis de las diversas modalidades de caza a las experiencias diarias del autor- y que, en cuanto a creación, como Delibes ha reconocido, constituyen, por su espontaneidad, una liberación de los condicionamientos que rigen el resto de su actividad literaria, hecho sin duda determinante para que el autor optara por definirse antes como un cazador que escribe que como un escritor que caza.
- Miguel dice que ama la caza menor. Que los grandes animales, con su mirada casi inteligente, nunca han sido para él pieza venatoria. Pienso que, en realidad, la caza es un aspecto más en su implantación campesina, que no debemos sobrevalorar. Él es en el fondo un paseante del campo, meditador peripatético que se sirve de la escopeta para andar y andar, enfrascado en sus cavilaciones. “No puedo meditar sino andando -afirma, elevando a lema unas palabras de Las confesiones de J.J. Rousseau-; tan luego como me detengo, no medito más; mi cabeza anda al compás de mis pies”. El novelista es un vagabundo que, escopeta en mano, recorre contemplativamente los campos. La caza -regulada, por otra parte, por un código que tiene tanto de ético como de estético- es un incentivo más en su búsqueda de la naturaleza: “Nunca había estado en los meandros de Villavieja -dice reveladoramente-, pero es un verdadero espectáculo. El río se ensancha allí y corre el agua tan mansa que parece un lago. En la ribera crecen olmos y alisos gigantescos y los tamarindos están tan prietos que apenas si entra el sol. Las tórtolas y las palomas bajan a beber a la islilla de arena que se forma en el centro del río… Cruzó un martín pescador como una centella, le solté los dos tiros, pero ni le toqué. El condenado llevaba un pececillo en el pico. Luego sentí el aleteo de una torcaz y la tía se fue a posar justamente en la punta de un aliso, frente a mi puesto. Aguardé con mi santa paciencia, y cuando se tiró a beber a la isla la sacudí en forma. La zorra de ella no dijo ni pío”. He aquí un cazador que ve el campo como un espectáculo, siente el paisaje con sensibilidad que recuerda a Virgilio, Garcilaso o fray Luis de León, y no sufre demasiado por marrar un tiro o volver sin pieza. Más que un cazador convencional parece un sacerdote de novela pastoril que oficia en el templo de la naturaleza un pagano rito sacrificial.

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